Chernóbil y el secretismo soviético
La serie estadounidense Chernóbil producida por HBO y dirigida por Johan Renck es cautivadora e informativa. Primero vivimos de nuevo los momentos posteriores a la explosión del reactor número 4 y poco a poco vamos descubriendo las etapas que llevaron a este accidente. Entendemos lo absurdo, lo incompetente y lo peligroso que era el sistema burocrático de la Unión soviética. Preocupados por las promociones, el papeleo y su reputación, los tres jefes de la central tomaron riesgos incalculables cuando decidieron retrasar un día la prueba de seguridad para cumplir con las cuotas industriales de Kiev, y además realizar la prueba nuclear en plena noche con empleados que no estaban ni enterados ni entrenados para tales maniobras. Las consecuencias podrían haber sido mucho más graves si Moscú no hubiera enviado “bio-robots” (eufemismo para hombres, entre los cuales había muchos soldados de promoción), para limpiar los pedazos de grafito ultra-radiactivos de los techos de la central. También, mineros vinieron a cavar debajo del reactor y a consolidar la base para que no se derrumbara y que la lava creada por la arena vertida sobre el reactor no fluyera hacía el río Pripyat y no contaminara para siempre el gran río Dniéper y luego el mar Negro.
Durante un viaje a Kiev, una mujer ucraniana ruso-hablante, cuyo padre es un ex-soldado del ejército soviético, me confesó que votó por la independencia de Ucrania en 1991 a causa de la desinformación sobre el desastre nuclear. Según ella, mucha gente creía que la vida y el bienestar de los ucranianos no les importaban a las autoridades rusas. Entonces, cuando Mikhail Gorbachov afirmó que la verdadera razón del colapso de la Unión soviética fue el desastre nuclear de Chernóbil, seguro que se dio cuenta de todas las consecuencias psicológicas y políticas del accidente. Una Unión soviética sin Ucrania era inimaginable.
La cultura soviética de la mentira y el secreto acabó siendo contraproducente y rechazada por todas las distintas poblaciones que componían esa gran unión de 69 años. Nació una sensación de ira y de humillación al enterarse de que las centrales nucleares no fueron construidas según las normas de seguridad para ahorrar dinero, todo encubierto por funcionarios corruptos de la KGB. Si el científico Valeri Legasov, subdirector del Instituto de Energía Atómica Kurchatov, no se hubiera suicidado, el conocimiento de la verdad se habría retrasado.
Lo más preocupante de esta historia es que el secretismo y las mentiras parecen haber vuelto con la llegada al poder del ex agente de la KGB: Vladimir Putin. Basta con mirar los dos accidentes de submarinos nucleares rusos en 2008 (el Kursk) y en 2019 (el Losharik) para darse cuenta de que las viejas costumbres están rehaciéndose. Finalmente, es difícil imaginar lo que le pasaría a la gente de China, Japón y Corea del Sur si ocurriera un desastre nuclear en Corea del Norte.
Al ver la excelente serie “Chernóbil” cuyos actores son convincentes, nos damos cuenta de los peligros y del horror que genera la energía nuclear. El accidente de Chernóbil habría podido irradiar de manera irreparable a toda Ucrania, Bielorrusia, Polonia, los Estados bálticos, Hungría, Moldavia, Rumania y Checoslovaquia.
Cuando se piensa que un territorio pequeño como Francia tiene más de 58 reactores nucleares en funcionamiento y que sólo se necesita un incidente o un ataque terrorista para destruir la mitad de Europa, no podemos sino oponernos al uso de una energía tan peligrosa. Una enorme tormenta solar podría destruir la red electrónica de la Tierra como la que ocurrió en Canadá en 1989, con el colapso de la red eléctrica de Hydro-Québec. En tal escenario, cerrar una central nuclear sin un sistema de enfriamiento en funcionamiento podría suponer el fin de España, de Francia y de la Europa occidental.
form-idea.com España, el 1 de junio de 2021. Lea en francès

