Autor: Pierre Scordia

New York, New York… ¡Aquí estoy!
New York… Jonathan llega a Newark, Nueva Jersey. 

Cruzar la frontera no fue más que una formalidad. ¿Sería posible que a los americanos les gustaran sus vecinos? ¡Qué cambio en el trato desde que obtuvo la nacionalidad canadiense! Recuerda que los gringos lo acogían de manera bastante tibia cuando tenía un pasaporte francés. Aquella vez, solo le preguntaron cuál era su destino. Una sola pregunta, por favor; ningún sello, ningún interrogatorio, ninguna huella digital, ninguna foto, ni sospecha, ni condescendencia, ni fecha de vencimiento. Hasta le esbozaron una sonrisa. ¿Sería El ‘Bushland’ más acogedor que el régimen democrático de Clinton? Desde ahora puede quedarse aquí tanto tiempo como le guste en este Eldorado.

Para acogerlo, aquí está su hermano David. Son las 6 de la tarde. Se dan un abrazo muy rápidamente. Jon pregunta por qué no está aquí su madre. Le asombra saber que ha diferido su venida para ir a Roma a una inauguración de arte. Llegados al aparcamiento, colocan las maletas en el enorme 4×4. Cerca del volante, rueda una gran taza de Starbucks. Llevan un retraso de dos horas a causa de los atascos continuos y las desaceleraciones. Por fin, llegan a Hoboken, situado a solo unos 15 kilómetros del aeropuerto. Aprovechan la ocasión para recuperar el tiempo perdido después de tantos años de silencio. Nunca fueron muy próximos. David está en el mayor apuro desde que volvió de California. Su esposa se deprimía desde que vivían en Nueva Jersey y su oficina está despidiendo a la tercera parte de los empleados. ¿Y tu hija? Le pregunta Jonathan. David se olvidó de hablar de la chiquilla de 18 meses. “Sí, es muy mona, aunque hiperactiva. Hubiéramos preferido una vida sin hijos. Pero, la presión de los cuarenta años, ya ves… Ya no hay tiempo para pensar.” Esta nueva responsabilidad no ayuda de ninguna manera a levantarle el ánimo a su esposa. Sin embargo, David hace todo lo posible para hacerle la vida más fácil a su compañera. Manda a su hija a una guardería encopetada que le cuesta 1500 $ al mes y llama a menudo a la joven niñera australiana que vive en una calle muy cercana. De nada sirve, el mero hecho de pensar que el papel de madre responsable durará por lo menos más de 20 años la desanima mucho, como si la condenaran a dos décadas de cárcel.

Sin embargo, es una Jackie muy risueña la que encuentra Jonathan al llegar a su piso de 4 habitaciones, con vista al río Hudson y al Westside de Manhattan. Lleva a la niña en brazos, una gran sonrisa a lo americano, y le dice con cierta ironía: “How are you, honey? Welcome to New Jersey!” En cuanto coloca al bebé en el suelo, éste se agita en todas direcciones y acaba por aturdir a Jonathan. Los ladridos de la perra, un pequeño Cocker, no hacen más que acentuar una impresión de desorden y cacofonía.

Poco importa, Jon esta en Nueva York, lo que siempre deseo. Su billete de vuelta esta previsto para septiembre, pero le da igual. El champan de la primera tarde, la noche caliente húmeda de julio y la vista panorámica del Manhattan nocturno le dan alegría y las ganas de vivir, de triunfar y de pasárselo pipa.

Se pasa los primeros días explorando la ciudad para dar con un club de deportes que le convenga, un club situado en Port Authority, en la avenida 42. Por nada en el mundo descuidaría su cuerpo, su amigo más fiel. Por lo demás, en esa ciudad es necesario imponerse físicamente para sobrevivir. Nueva York lo seduce con su vertiginosa arquitectura, sus habitantes extrovertidos, su incansable energía, su vivacidad ingeniosa, su inagotable avidez, su rapidez. Cada día, descubre un barrio de la isla. Se siente en ósmosis con Nueva York. De veras está convencido de que su vida va a tomar un giro decisivo aquí mismo.

 

Un sábado por la tarde, se sienta en la mesa de un café de Greenwich Village. Pide un café solo, se pone cómodo, saca de su bolsa el cuaderno y el bolígrafo, esperando por fin encontrar la inspiración. Ya escribió una novela que no consiguió publicar. De los trece ejemplares de manuscrito que fueron enviados, ocho pasaron por los comités de lectura de editoriales. En resumen, recibió cuatro cartas de rechazo, de las más bellas. Con todo, le han quitado un sueño. Saca conclusiones de ello y decide cerrar el capítulo Montreal. Canadá le ha desilusionado. Seguro que el mundo anglosajón le sentará mejor.

Se preguntó qué le gustaría leer a la gente. A lo mejor tendría que escribir algo parecido a Harry Potter, urbano y al mismo tiempo erótico para atraer a las lectoras. Está convencido de que las mujeres leen más. Basta con observar en el metro, ellas son las que leen novelas. Los hombres tienen menos paciencia y se contentan con los periódicos o, mejor, ojean. Pero aquella tarde, es Jonathan a quien ojean. Un hombre, sentado a dos mesas de él, lo está observando dos veces seguidas. Él también está escribiendo. ¿Buscará la inspiración a través de la cara de Jonathan? Esboza una sonrisa. Un cuarto de hora después, se levanta y pregunta a este desconocido si puede cuidar de sus cosas mientras él va a los servicios. Cuando vuelve, este último le pregunta:

– ¿De dónde viene usted? 
– No más que de los servicios, contesta con un guiño. 
– No conocía ese país. 
– ¿Cómo sabe usted que no soy de aquí? 
– Un vecino de Nueva York no abandonaría sus trastos y no los dejaría a un desconocido. 
– Pero usted no es un hombre como los demás. – ¿De veras? 
– Mi ángel de la guarda. 
– Me muero de risa y me presento: Gabriel López Dixon. Ya que estamos, llámeme Ángel Gabriel. Una risa burlona deja ver una dentadura perfecta y blanca, como en las películas de Hollywood.
– Jonathan Rosen. Pero llámeme Jon. 
– ¿Es escritor? 
– Sí, como Usted. Podemos juntarnos.

Charlan los dos durante muchas horas. Se parecen en muchos aspectos: la búsqueda perpetua, la fe en el positivismo, la escritura, la ambición profesional, el amor a Nueva York y, por fin, los idiomas. Los dos son trilingües. Jon habla español con fluidez, lo que le gusta a su interlocutor, ya que éste, aunque de tez pálida, es originario de Puerto Rico. A semejanza de lo selecto de la sociedad de Nueva York, Gabriel es francófilo y de habla francesa. Por lo menos lee el idioma de Molière. Y eso le sirve mucho, ya que en su trabajo tiene que arreglárselas con numerosos franceses.

– Hay que saber que en mi oficina buscamos capacitaciones como las suyas: alguien que sea sociable, capaz de emprender, que tenga garbo, que sea convincente, imaginativo, trilingüe (inglés, español y francés, idiomas maternos). Resulta imposible encontrar a tal perla en Nueva York.
– De veras, en Quebec hay un montón de gente así. Tendría que contratar desde Montreal. Podría contratar en abundancia a canadienses como yo, trilingües, de origen francés. —¿Canadiense? ¿Es usted canadiense, de veras?
– Sí. 
– Es interesante. ¿Le va a parecer algo repentino, pero acaso le interesaría mi oferta? 
Jonathan sonríe; su cara extática es una respuesta.
– ¿Necesito pensarlo… Seria usted mi ángel? 
– El destino nos ha reunido. 
– Argumento irrebatible. Lo voy a pensar. Es una oferta tentadora. 
– ¿Le gusta Nueva York? 
– Sí, es como la nueva Roma del siglo XX, ¿no? 
– Entonces, tiene que conocer a Ángela. Mi jefa es una mujer excepcional. Le va a gustar a usted y usted también le gustará a ella. Estoy seguro.
– Guay. La llamo ahora mismo.

Gabriel saca su celular y marca el numero. Nadie contesta.
– Ah sí, se me olvidó. Se fue a Londres para el fin de semana.  Estará de vuelta dentro de algunos días. 
– ¿Pero en qué consiste el empleo que me ofrecen? 
– ¿Qué hace usted mañana? – Nada especial. 
– Conoce usted Chelsea? – Para decir la verdad, no. 
– Nos vemos mañana. Estación de metro calle 28 y le hablaré de la empresa.

Como la discusión avanzaba bien, les sorprendió haber llegado ya a Penn Station. Aquí cambian los números de teléfono y se despiden.

Qué linda es la vida”, dice Jonathan mientras sigue caminando hacia Broadway. La vida no es más que pura magia cuando uno es positivo. Adonde quiera que vaya, sale de apuros gracias a una suerte fenomenal. Le llaman por teléfono. Descuelga y oye a su cuñada, que le pide que vuelva a casa lo más pronto posible. Habla con una voz temblorosa y espantada.

Cuando llega al piso de Hoboken, ella le anuncia que ha perdido a Rachel, su hija, y no es capaz de recordar dónde. 
– ¿Cómo es posible? 
– Rachel se durmió y, debido a un momento de desconexión, salí de nuevo sola.

Juntos deciden explorar los parques del barrio, y veinte minutos después, encuentran a Rachel, abandonada en su cochecito. Su suegra se echa a llorar a lagrima viva. 
– Por favor, no le digas nada a Dave. ¿Lo prometes?
-OK. 
– ¿Me lo prometes? 
– Sí. Ya que vive en su casa, no tiene otro remedio.

Al anochecer, David regresa del trabajo. Les pregunta si lo pasaron bien. Jon dijo que se lo pasaron bomba. Todos piensan que se trata realmente de una oportunidad, que la ocasión la pintan calva. La capital financiera y económica abre los brazos a los atrevidos y ambiciosos; tranquilizan a Jonathan, quien puede quedarse con ellos. Cuando David le pregunta a su esposa cómo se pasó el día, si fue a ver a su psiquiatra, Jonathan queda estupefacto.
– ¿Estas en terapia? 
Sigue un leve malestar hasta que David confiesa que su esposa, a veces, tiene visiones durante las cuales imagina que está estrangulando a su bebé. A Jonathan le da un escalofrío y no dice ni una palabra. Se levanta, se disculpa diciendo que tiene sueño.

Al día siguiente, recibe un mensaje de Gabriel que le dice: “Nos vemos delante de la estación de la calle 23 (líneas 1, 2, 3) a las dos de la tarde.” Se encuentran de nuevo. Su ángel protector parece caluroso, entusiasta y dinámico todo el día. Visitan el Midtown y la ciudad baja, él le invita a almorzar y, al final del día, le ofrece un cóctel en un bar con camareros medio desnudos y musculosos…
– ¿Entonces, sueñas con vivir aquí?
– Me gustaría mucho.
– Basta con pedirlo. ¡Anda! Repite tras de mí: “I am in New York, Manhattan is my home.” No seas tímido ni azorado, ¡dilo muy fuerte!
– OK. I am in New York, Manhattan is my home.
– Dilo otra vez con más convicción. Solo se cumplen los deseos si uno cree en ellos. Cierra los ojos, ensimísmate, imagina tu estancia en Manhattan.
Gabriel tiene una amplia sonrisa en los labios, y sus grandes ojos brillan.
– Ya está bien. Ya ves, no resulta difícil alcanzar tus objetivos en la vida. He hablado con Ángela y está de acuerdo para encontrarte pasado mañana.

Dos días después, Gabriel lleva a Jonathan delante de las oficinas de New Amsterdam Home en la calle 28.
– Tengo que irme. Nos vemos mañana en Greenwich. ¿Vale?

Atraviesa espaciosos y luminosos despachos. Allí se afanan varias personas que se expresan en diferentes idiomas. La recepcionista le pide que se siente y que espere hasta que Ángela lo atienda. Algunos minutos más tarde, la recepcionista llega y lo conduce al gran despacho de la presidenta.

Ángela no es la mujer imponente y fría que él se imaginaba. Ángela es alta, pelirroja, gordita, de aspecto acogedor, benévola y sonriente, con una voz muy suave.

Él se siente a gusto. Ella le explica brevemente en qué consistiría su empleo y luego habla de asuntos de la vida. Se dan cuenta de que comparten una misma filosofía de la vida. Están completamente en sintonía. Van pasando tres horas sin darse cuenta de nada.

Ella termina la conversación preguntándole:
– ¿Puede empezar la semana próxima?
– No tengo permiso para trabajar.
– No es un problema. Nuestro abogado se encargará de los trámites. Pues, hasta el lunes, a las 10. Le presentaré a sus asociados.

En ese mismo momento, Jonathan ya no sabe si está viviendo una realidad o un sueño. ¿Sería tan fácil la vida? ¿Bastaría con creer en ello para conseguirlo? Al salir, decide irse caminando. La euforia lo alcanza como si estuviera embriagado. Ya ni oye los ruidos de la calle. Se siente ligero y feliz. Por fin realiza su sueño: vivir en la megalópolis más excitante del mundo. ¡El encuentro con Gabriel fue algo que no podía esperar!

El ambiente en el piso no es agradable. Dave y Jackie suelen pelear a propósito por su hija. Jackie le echa en cara a su marido haber insistido mucho para que guardara el bebé cuando estaba embarazada . Si no hubieran tenido a su hija, podrían haberse quedado en Manhattan en lugar de convertirse en “Bridge and Tunnel people”, gente de las afueras que tienen que cruzar cada día los puentes o túneles para llegar a Nueva York. En Nueva York, incluso se burlan a menudo del estado vecino, al que consideran grosero y sin clase.

– Jon, ¿por qué están tan deprimidos los vecinos de Nueva York? pregunta Jackie.
– No lo sé.
– Porque al final del túnel no ven la luz, sino Nueva Jersey.

¿Para qué vivir en esta megalópolis si no se puede aprovechar la atrevida vida urbana de Nueva York? Las afueras son como un inmenso universo grisáceo o rojizo, borroso, frío y aburrido, donde uno se siente aislado, aunque esté a solo 15 minutos de Manhattan. La llegada de un hijo te impide conocer la vida trepidante que Nueva York ofrece a los individualistas en busca de aventuras, placeres y conquistas. A Jackie le parece que la vida ha dejado de ser atractiva, y que desde entonces está condenada a ser una esclava, como tantas madres de familia: cocinar, lavar la ropa, limpiar la casa, ir de compras, asistir a las reuniones escolares, tener preocupaciones, envejecer y volverse gorda sin darse cuenta… hasta el día en que el marido se enamora de una jovencita dinámica.

El trabajo en New Amsterdam Home no es fácil por diversas razones. Es más complicado de lo que se había previsto conseguir una visa, ya que el gobierno de Bush ha impuesto un número limitado de autorizaciones, incluso para los canadienses. En la oficina se vive un ambiente de mucho estrés. El brazo derecho de Ángela, Francis, es un tipo desagradable que exige que todos los empleados de la empresa se sacrifiquen día y noche con el objetivo de que New Amsterdam Home sea líder en el sector inmobiliario, sin contar con que otros compañeros envidian el nuevo puesto que le dieron a Jon. Además, le han ordenado que asista a clases de derecho para obtener la cédula de agente inmobiliario. Todas esas tareas le parecen fuera de su competencia al joven.

Lo extraño es que Jon nunca ha visto a Gabriel trabajando. Se hablan a menudo por teléfono y se ríen mucho. Juntos observan a todos los empleados de la empresa y se burlan de ellos. Como Jon tiene confianza en esa nueva complicidad, le comparte sus inquietudes, principalmente en relación con el vencimiento de su seguro de salud, que expira dentro de una semana, y con todos los objetivos que debe alcanzar. Al principio, Gabriel guarda silencio y lo conforta con palabras adecuadas. “Uno no puede funcionar con miedo. ¿Un seguro? ¿Para qué gastar tanto dinero cuando uno tiene mucha energía y vitalidad? ¡Ni pensarlo! Cada quien crea los acontecimientos. Sé siempre atrevido, alegre y optimista, sea cual sea la situación. Lo conseguirás, no lo dudo.”

Cada día, Gabriel se convierte un poco más en un gurú.

***

Las semanas pasan, tomar túneles o puentes se ha vuelto un asunto cotidiano. Ya está acostumbrado a las discusiones nocturnas entre su hermano y su cuñada, a los incesantes ladridos del cocker, al zumbido de la ciudad que le rompe la cabeza sin cesar: las sirenas de los coches patrulla, el ruido de la ventilación del metro, las bocinas, los gritos de algunos locos, las voces de los peatones que le retumban en la mente.
Todavía no domina la tarea que le corresponde. Francis lo vigila constantemente, y Ángela se aleja de él cada vez más. El estrés se ha adueñado de su rutina. Cuando trabaja, los días se le hacen eternos; las comisiones tan esperadas tardan en llegar, y al final el cansancio se apodera de Jon. Descansar le resulta imposible. Toda esa pesadez lo abruma.tomar túneles o puentes se ha vuelto un asunto cotidiano. Ya está acostumbrado a las discusiones nocturnas entre su hermano y su cuñada, a los incesantes ladridos del cocker, al zumbido de la ciudad que le rompe la cabeza sin cesar: las sirenas de los coches patrulla, el ruido de la ventilación del metro, las bocinas, los gritos de algunos locos, las voces de los peatones que le retumban en la mente.
Todavía no domina la tarea que le corresponde. Francis lo vigila constantemente, y Ángela se aleja de él cada vez más. El estrés se ha adueñado de su rutina. Cuando trabaja, los días se le hacen eternos; las comisiones tan esperadas tardan en llegar, y al final el cansancio se apodera de Jon. Descansar le resulta imposible. Toda esa pesadez lo abruma.

El fin de semana es sinónimo de soledad o de un rollo de una noche. Va andando como alma en pena por ese Manhattan que tanto le gusta, pero que se le escapa cada vez más. Un domingo, se encuentra con un conocido de Montreal y deciden almorzar juntos en Harlem.

Era un día soleado de septiembre, con una temperatura de las más agradables, sin nada de humedad, como el 11 de septiembre de 2001. Dan le propone una cita para tomar un brunch en una terraza del bulevar Malcolm X. Los dos hombres se dan un abrazo, como si hubieran vivido juntos un acontecimiento tremendo. El americano lo invita: “Un Bloody Mary avivará de nuevo nuestra amistad”.

Dan le sonríe. Tiene una dentadura blanca y perfecta, de esas que solo parecen conocer el secreto los metrosexuales afroamericanos. Va vestido de forma sencilla pero con buen gusto: polo y vaqueros ajustados de la marca Abercrombie & Fitch. Mide un metro setenta y ocho, es musculoso, de rasgos finos, piel negra y lisa. Si fuera un poco más alto, seguro habría sido modelo.
 Quería darte las gracias por tu ayuda aquella tarde en que me caí en Montreal. Sin ti, habría tenido serias complicaciones en la rodilla.
– No fue nada. En realidad, deberías agradecerle al médico que te operó gratuitamente.
– Es verdad. La gente no es suficientemente consciente de la suerte que tiene cuando puede caminar sin dolor. Si lo piensas bien, poder mover el cuerpo es un milagro.
– Sí. ¿Cómo se llamaba el médico?
– No recuerdo su apellido… Creo que terminaba en “el”. Lo anoté en algún sitio… lo encontraré cuando vuelva a casa. Otra cosa: ¿te gusta la vida en Nueva York?
– Sí. Me encanta. Es como un sueño hecho realidad.
– La vida en Nueva York es maravillosa. Pero hay que merecerla.

El año pasado, Dan estaba tomando fotos en la esquina de las calles Saint-Denis y Sherbrooke, en Montreal, cuando lo atropelló un scooter cuyo conductor huyó inmediatamente después del accidente. La colisión fue tremenda, y la rodilla del estadounidense terminó ensangrentada. Jonathan, que estaba allí cuando ocurrió el accidente, lo ayudó y lo llevó al hospital Saint-Luc, donde lo atendió un médico muy solícito y condescendiente. Además, Jonathan se quedó con Dan toda la noche. Desde entonces, ambos entablaron una amistad.

Su conversación fue interrumpida por la camarera, que trajo dos grandes platos de jambalaya, un plato típico del sur de los Estados Unidos.

– Jonathan, ¿estás bien? Te veo un poco pálido.
– Sí, seguramente no es nada. Debe de ser el Tabasco, le puse un poco de más al Bloody Mary.
– Por favor, come. Te va a hacer bien. Ah… ustedes los franceses… ¡solo están acostumbrados a beber vino!

Ambos comienzan su abundante plato, una especie de paella americana picante, una fusión de las cocinas española, africana y francesa de Luisiana.

– Jonathan, ¿has estado siguiendo las noticias últimamente? ¿Viste lo que pasó con Katrina?
– Sí, ¡terrible!
– ¡Y una vergüenza total! Nueva Orleans es una de mis ciudades favoritas de todos los tiempos. Ya sabes lo que va a pasar: los republicanos van a aprovechar todo el caos para convertirla en una ciudad blanca. Va a parecer más un gran parque temático, como Disneylandia. No harán absolutamente nada para fomentar el regreso de la gente negra que huyó y se mudó a Texas o al norte de Luisiana.
– ¿De verdad crees eso?
– ¡Por supuesto! Nunca olvides que este país es fundamentalmente racista, sobre todo en los antiguos estados de la confederación. Los estadounidenses jamás votarán por un presidente negro. Algún día, van a poner en el poder a un millonario racista, un completo imbécil que será un peón de la NRA, ¡ya verás! Para ser elegido en este país, hay que ser superrico, corrupto, amante de las armas, aparentar ser poco culto y, sobre todo, hablar de forma simplista y directa. ¡Al estadounidense promedio le encanta eso!
– Uno siempre tiende a ser más crítico al juzgar su propio país. Personalmente, yo veo a América como el lugar donde todo es posible. Es la tierra de las oportunidades y de la libertad, donde el Estado no se entromete: hay menos burocracia y menos impuestos que en cualquier otro lugar en el que he estado.
– Eso es porque eres blanco. Tu visión está sesgada. Déjame recordarte que hace 40 años teníamos un sistema de apartheid aquí en Estados Unidos. Además, esa libertad de la que hablas solo existe desde un punto de vista europeo. Piensa en los pueblos originarios: sus libertades han sido destruidas por la codicia insaciable de los empresarios blancos.
– Creo que eres muy duro en tu análisis. No creo que Estados Unidos haya estado guiado por una doctrina racista en particular. Creo que los paradigmas se basaban solamente en el deseo de enriquecerse, de mejorar la propia vida. Todas las sociedades han estado marcadas por la esclavitud, ya sean africanas, árabes, asiáticas o europeas. Solo aquellos que adquieren superioridad tecnológica logran prosperar dominando a los demás. Ahí está la verdadera tragedia de la condición humana y…

La impresionante intervención de Jonathan fue interrumpida por un agudo dolor en el pecho.

– ¿Estás bien? –preguntó Dan, con gesto preocupado.
– No mucho… Siento dolor en el pecho y en el brazo izquierdo… Probablemente sea por haber hecho pesas en el gimnasio.
– ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al gimnasio?
– Ayer por la tarde.
– Tal vez solo sea dolor muscular. Debes haberte desgarrado algo.

Jon sintió otro dolor y una urgente necesidad de ir al baño. Tenía que evacuar, de una forma u otra. Se disculpó con Dan y se dirigió a los aseos… estaba sudando. Recordó la muerte de su padre. Su papá había fallecido de un infarto a los 45 años; encontraron su cuerpo tendido en el suelo del baño durante una ola de calor en París. ¿Estaba a punto de repetirse la historia? Al volver a la mesa, Jonathan, ansioso, describió sus síntomas, cómo la punzada aguda en el corazón le hacía pensar en la repentina muerte de su padre.

– Tomamos un Yellow Cab y te llevo al hospital de Harlem; es el más cercano de aquí. Vale más ser prudente. ¿Cuál es el teléfono de tu hermano? Jonathan se lo comunica. Dan paga la cuenta y, en seguida, llama un taxi al salir del restaurante.
Llama a David para explicarle la situación.
– OK. ¿A qué hospital vais?
– Al North General Hospital.
– ¡No! Lleva a mi hermano al Mount Sinai, en Madison Avenue.
– Me parece que el de Harlem sería mejor, ya que está más cerca.
– No. Escucha atentamente lo que te digo: conduce a mi hermano con los judíos. Cuidarán mejor de él. ¿Entiendes?
– OK.
– Quiero hablar con Jon.
– Escucha, asegúrate de que te llevan al Mount Sinai.
– Tengo un problema.
– Sí, lo sé. Pero todo saldrá bien. Estarás en buenas manos. Las mejores.
– No. Es a causa de mi seguro.
– ¿Qué te pasa con el seguro?
– Venció la semana pasada.
– Entonces, da una dirección falsa.

Al llegar al Mount Sinai, los dos amigos se dirigen a urgencias. No tienen que esperar. Le explican el problema a una enfermera afroamericana. Ella les hace algunas preguntas y le pregunta a Jonathan si tiene seguro médico. Luego lo acompaña hasta una cama, le pide que se siente y comienza a administrarle una perfusión. Después le toma una muestra de sangre y, finalmente, le hace un electrocardiograma.

Dan regresa y le dice:
– No puedo quedarme más tiempo. Acabo de llamar a tu hermano y quiere que lo llames mañana por la mañana.
– Si es que todavía puedo llamarlo…
– No te preocupes, todo va a salir bien. Este es un hospital excelente. Te hemos dejado en las mejores manos del país. Acabo de comprar un libro en la librería que está cerca de aquí. Te lo dejo.

Allí está, solo en su cama de urgencias, inquieto por lo que podría sucederle. Siente un sabor amargo, con la sensación de estar abandonado y de morir en soledad. Jamás se había imaginado que podría fallecer tan joven. ¿Sería posible que la vida terminara así, en nada? Sin haber podido hacer gran cosa, que su paso por la tierra fuera tan insignificante y ridículo como el de una cucaracha aplastada, cuyo final nadie recuerda.height=”10px”]Mira el libro que le dejó Dan. Habla sobre la cábala: The Power of Kabbalah. Lo abre y lee la primera página. Celebran la llama, esa energía que mantiene viva la existencia. Se da cuenta de que su propia llama se va apagando, como resultado de múltiples desencantos, aunque también ha aprovechado cada oportunidad que la vida le ofreció.height=”10px”]Life is a bitch —piensa— sería un título más acertado si tuviera que escribir su historia.height=”10px”]La enfermera regresa con los resultados de los primeros análisis.

– ¿A veces se le ocurre comer?
– Sí. ¿Por qué me lo pregunta?
– Ya casi no tiene potasio en la sangre. Debemos llevarlo a cuidados intensivos. Todo indica que está teniendo un infarto. Dentro de poco, el médico vendrá a auscultarlo. Ah, ya llega.
Es un joven médico, moreno, de estatura media, con gafas redondas, muy guapo.
– Buenos días, Jonathan. ¿Está asegurado?
– Sí, y soy canadiense.
– OK. Esta tarde lo observaremos, y mañana por la mañana le haremos exámenes: una resonancia magnética y pruebas cardiovasculares. ¿De acuerdo?
– OK.

La noche es larga. ¿Tendrá un infarto? Numerosos pensamientos e imágenes le pasan por la cabeza. Está tan ansioso que ni siquiera tiene fuerzas para seguir leyendo. Pesa cada minuto de esa larga noche. Está tan amargado que sus ojos se quedan secos. Hasta su madre, ocupada con actividades mundanas, no se ha manifestado.

Por fin llega la madrugada. Enfermeros y médicos entran en el cuarto. Le hacen una IRM, un escáner y una prueba de esfuerzo. A eso de las doce, el joven médico pelirrojo viene a verlo. Con una voz suave, le dice que, aunque parecía haber tenido todos los síntomas de un infarto, su corazón sigue sano. ¡Un milagro! Le pide que vaya a ver a un médico cuando esté de vuelta en Canadá. Mientras tanto, le aconseja que tome aspirina de 75 mg cada día. Al salir, Jonathan da una dirección falsa, como le aconsejó su hermano.

Tan pronto como está en la calle, el zumbido le tranquiliza. La vida sigue. Toma el metro para ir a Nueva Jersey. Su celular no deja de sonar. Echa un vistazo y ve que es Francis. No contesta. En el tren, piensa en la frase de aquel amable pelirrojo: “cuando haya vuelto a Canadá”.
¿No le están ofreciendo aquí la solución para acabar con todo este estrés? Observa a la gente sentada a su alrededor. Todos parecen nerviosos, agitados, algo agresivos, ocupados y decididos. Tiene la impresión de que el tren es un acuario lleno de tiburones dando vueltas.

Cuando llega a casa de su hermano, su cuñada lo recibe con calidez. Aprovechando que ya está allí, le pide que cuide de Rachel el resto del día, pues quiere cruzar al otro lado del río Hudson. Quince minutos después, ya ha desaparecido.

Se encuentra solo con la niña y la coge en brazos. Suena de nuevo su teléfono. Otra vez Francis. Tiene una sola gana: la de dormir. Sin embargo, decide contestar para librarse de esa molestia.
– Dime, ¿que te pasa? ¿Has abandonado tu puesto?
-No, estoy enfermo.
– ¿Qué tienes?
– Una angina de pecho.
Largo silencio seguido de un suspiro a la otra extremidad de la línea de teléfono.
– Jon, entre nosotros, no creo que ese puesto sea para ti.
-Yo, tampoco lo creo.
– Bueno. Me alegra que estemos de acuerdo en ese asunto.
– ¿Cuándo puedo pasar para cobrar mi sueldo?
– ¿Qué sueldo? No has conseguido los objetivos fijados.
– Trabajé durante un mes, principalmente a propósito de la reestructuración del servicio para las ventas de coinquilinos.
– Lo siento, No tienes la visa HIB. No te podemos pagarNuestro abogado no pudo hacer nada.
En seguida cuelga el teléfono antes de que Jonathan pueda contestar.

Un mundo podrido, se dice. Pero está tan agotado que no quiere ir más allá en su pensamiento. Rendido, se tumba en la cama con Rachel, que está durmiendo en sus brazos. En seguida se hunde en el mundo del inconsciente.

Siente unas manitas en la cara. Abre los ojos con dificultad y se pregunta donde está. Rachel estaba tirando de su nariz y de sus orejas. Siente un gran cansancio, pero el rostro sonriente de la niña le da cierto consuelo. Le sonríe. Al mismo momento oye un portazo y pasos que están subiendo los escalones. Es su hermano.
– Hola Jon, ¿cómo estas? 
– Hola Dave. Acaban de echarme de mi trabajo.
– OK, pero entre nosotros, no hay mal que por bien no venga. No estas hecho para Nueva York. Eres demasiado bueno para vivir aquí.
– Ah, ¿sí?
– ¿Tu corazón?
– Todo bien.
– Perfecto. ¿Has dado una falsa dirección como te he dicho?
– Sí.
– ¿Regresas al Canadá?

Jonathan mira a su teléfono. Nadie le ha llamado desde la ultima llamada de Francis. Ni siquiera le ha llamado Gabriel. Responde a David con un suspiro.
-Todavía no lo sé.

Decide salir para respirar, se sienta en un banco del pequeño parque con vista al rio Hudson, observa esa imponente Manhattan que ya casi no le gusta. Un joven moreno llega y le pregunta si puede sentarse a su lado. Parece que tiene ganas de charlar un poco.

– Eres de aquí?
– No, del Canadá.
– Yo vengo de Montevideo. ¿Conoces Uruguay?
– No. Esta en frente de Argentina ¿no?
-Sí. Del otro lado del Rio de la Plata. Montevideo es una ciudad muy hermosa con magnificas playas de fina arena y un cielo austral azul.
– OK.
– ¿Estas de vacaciones aquí?
– No; he intentado vivir aquí, pero he fracasado.
– Es una ciudad sofocante en la que estamos amontonados como ratas, en alojamientos insalubres cuyos alquileres son desorbitados. El clima es inaguantable por la pesadez del verano y el viento glacial del invierno. La gente no es simpática. Lo único que le interesa es su carrera y la guita.
– ¿Entonces por qué estas aquí?
– El ego. Siempre pensé que la vida seria mas bella en otra parte. He sonado siempre con Nueva York. Me costo mucho tiempo para ahorrar lo necesario para emprender un viaje a los Estados Unidos. Pasé por Miami donde me quedé durante un año. Luego cuando hablé bien inglés, pasé el Rubicón. Mi familia y mis amigos, que se quedaron en Montevideo, me envidian. ¡Qué tontos! Si por lo menos supieran que viven tres veces mejor que yo.
– ¿Por qué no regresas a tu país?
– No puedo volver a Uruguay antes de haber conseguido aquí.
– ¿Qué haces?
– Soy ingeniero mecánico, pero aquí soy camarero en un bar tapas.
– ¿Por qué apencas en un restaurante si tienes diplomas?
– Todavía, no he conseguido mi permiso de residencia. Pero asumo lo que he elegido.

Este señor, tan amargo y desganado, parece que es el hombre providencial. Al regresar a casa, anuncia a su hermano que volverá a Canadá dentro de 3 días.

Los últimos días en Nueva York son fenomenales. El buen humor está de vuelta en el piso, Hasta Jackie que es muy positiva e incluso optimista. Lo único que le molesta es el silencio de Gabriel. No responde a las llamadas, ni a los SMS, ni a los mails. ¿Le habrá abandonado, y le habrá traicionado? No le hablaría desde que fracaso.  Le entristece lo que siente, agrava su cansancio, le da una tez aun mas pálida y le borra el brillo de sus ojos verdes.

La salida es un quebranto. Jackie esta llorando mientras que David no deja ver ninguna emoción. Lo deja en la calle 42 cerca de Port Authority.
– Llámame cuando llegues a Montreal. 
– OK.

En el bus Greyhound, Jonathan se sienta cerca de una ventanilla. El bus está medio lleno: jóvenes viajeros con una mochila, algunos latinos de mas edad y muchos haitianos. El bus no es súper confortable, nada que ver con los autocares lujosos de Brasil, Uruguay o Argentina. Las ultimas imágenes de Manhattan desfilan delante de su ventana antes de que el bus se hunda en el Lincoln Tunnel. Le sumerge un sentimiento de fracaso y tristeza. Algunas lagrimas le corren por las mejillas. ¿Que mas puede esperar de la vida? Lo tenía todo para triunfar en la Roma moderna, pero no tenia talla para vivir allí. Jonathan se siente debilitado y disminuido. Desde ahora, tendrá que limitar sus ambiciones y contentarse con una versión provincial de la Gran Manzana, Montreal o Toronto, a lo mejor.

El viaje es largo. Cuando llega a Saragota Springs, en el Upstate New York, recibe un SMS. Lo lee.
– “Hola Jon, espero que te encuentres bien y que tu malestar es un mal recuerdo. Siento no haber podido quedarme en el hospital. Acabo de averiguar el apellido del médico en mi agenda de 2004. Lo extraño es que no nos dio su apellido. Solo apunté su nombre: Gabriel, como el ángel…. Lo que fue a mi parecer. Dan”.

Al leer el texto, un escalofrió le invade la espalda a Jonathan. Es verdad que se parecen los dos hombres. Cierra los ojos para acordárselo mejor, y se da cuenta de que el médico de Montreal es el doble de Gabriel, con 10 anos mas. ¡Increíble!
¡Vaya coincidencia!

***

Después de 6 horas de viaje, finalmente el bus alcanza la frontera canadiense. Jon se siente aliviado al ver la bandera con la hoja de arce, símbolo de una sociedad mas solidaria, mas compasiva. Esta tranquilizado. En cuanto cruza la frontera, la energía es diferente. Ya esta un otoño precoz, pero ese aire fresco le apacigua y le tranquiliza. Una ligera sensación de aburrimiento le invade el cuerpo, disminuye el latido de su corazón, pero lo suaviza.

Sube de nuevo al bus, porque los aduaneros canadienses no le han preguntado nada. Echa un vistazo a su celular y ve un SMS de David. “llámame, hemos perdido a Rachel. La policía esta interrogando a Jackie. La sospechan de haberla abandonado. Si por lo menos hubiera sabido que era capaz de hacerlo, hubiera podido ayudarla mejor a luchar contra su depresión”. 

Le invade un sentimiento de culpabilidad.

Al final, prefiere no llamar a su hermano. En el bus que viene en sentido opuesto, cree percibir a Gabriel a través de una ventanilla ahumada. Lleva gafas de sol. Jonathan le hace una señal con la mano. El desconocido esboza una sonrisa de dientes afueras. Una sonrisa algo burlona.

Traducido del francés.
Copyright:  2022©Pierre Scordia


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